Añoro el silencio. Los espacios de silencio.

Recuerdo cuando era niño y jugaba todas las tardes a la pelota en la carretera delante de mi casa con los amigos del barrio. Nuestro juego se veía interrumpido por el paso de un coche muy de cuando en cuando. Pese a vivir en la ciudad, el silencio estaba presente. Imbricado entre los ruidos de las cocinas mientras las amas de casa (y así era antes) preparaban la comida o escuchaban la radionovela. El silencio se hacía notar en muchos momentos del día: durante la siesta, a la hora de la merienda, por la noche cuando prácticamente toda la ciudad dormía… Era el propio silencio quien daba valor al sonido, como en la música de la flauta zen, en donde lo que se escucha es el silencio que habita entre las notas, resaltándolas y conformando todo ello la melodía.

Hoy en día se ha tornado muy dificultoso este equilibrio. Desde hace ya tiempo y de una forma exponencialmente progresiva, los espacios donde el silencio solía habitar han ido cediendo terreno hasta prácticamente extinguirse. El tiempo de silencio entre sonidos también parece acortarse hasta difuminarse en el frenesí de actividad en el que vivimos inmersos. Podrías ir a un lugar muy apartado y probablemente encontraras a un montón de gente que, al igual que tú, están buscando un lugar para alejarse del mundanal ruido y que coinciden en un mismo “paraíso” haciendo el mismo ruido que en casa.

En este punto conviene aclarar que el oído humano por evolución está adaptado para percibir como “armoniosos” los ruidos de la naturaleza. Las olas, el viento, los pájaros, la lluvia, las copas de los árboles agitándose, etc., son sonidos que colorean el silencio cargándolo de matices que lo elevan a sublime. Como un baile en el cual cada una de las partes es indisoluble de la otra, sucediéndose ambas en una danza cadenciosa que afina nuestra percepción y sentido de ser. Las áreas cerebrales dedicadas al oído deben de sentirse positivamente estimuladas por este regalo de la naturaleza al cual nos hemos adaptado por millones de años.

Según los artífices del proyecto una pulgada cuadrada de quietud, si no hacemos nada para preservar los lugares tranquilos libres de las intrusiones de ruido humano, la tranquilidad natural puede no existir en nuestro mundo en los próximos 10 años. Esta organización tiene la esperanza de que escuchar el “silencio natural” (puedes oírlo en el audio al final)  ayude a las personas a convertirse en verdaderos oyentes de su entorno y se hagan activos en la protección de uno de los recursos más importantes y en peligro del planeta. El silencio.

Obviamente no es este el tipo de sonidos del que estamos aquí tratando, hablamos del ruido. De ese ruido tecnológico, estridente, artificioso y gratuito del cual está el espacio cada vez más lleno. El teléfono, los motores, los gritos, la música enlatada y machacona, los tumultos, etc. Obviamente las consecuencias para el oído de estar todo el día inmerso en esa cantidad de ruido no son para nada deseables. Esto está científicamente estudiado y estadísticamente demostrado. Pese a ello, y estando prohibido por ser nocivo para la salud, es una ley a la que no se le da la debida importancia en su cumplimiento. Porque es claro que el sonido por arriba de un determinado número de decibelios no es bueno para el órgano auditivo, pero nadie habla, ¿por qué será?, sobre el posible efecto de estar todo el tiempo sometidos a ruidos que, pese a no ser nocivos desde el punto de vista de la intensidad, no cesan ni permiten descanso al oído. Nuestro sistema nervioso y el organismo en general, al igual que ocurre con el sueño, necesitan de espacios de silencio para el descanso que mantenga el equilibrio y la salud.

Pero el aspecto que me parece más interesante y sobre el que quiero centrarme es acerca de cómo todo ese ruido que oímos incesantemente paradójicamente nos impide parar y escuchar. Nos saca de nosotros mismos, nos mantiene enervados y orientados en lo externo; acolcha nuestros sentidos, nos embota y dificulta extraordinariamente la posibilidad de permitirnos fluir estableciendo un diálogo entre afuera y adentro tan necesario para sentirnos parte de un todo mayor. Un absoluto del que los demás también forman parte.

Albert Einstein, con su tremenda lucidez lo definía con las siguientes palabras:

El ser humano forma parte de una totalidad, llamada por nosotros “universo”, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Pero, en una especie de ilusión óptica de la consciencia, se experimenta a sí mismo, a sus pensamientos y a sus sentimientos, como algo separado del resto. Esta ilusión constituye una especie de prisión que nos circunscribe a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas personas cercanas.

Nuestra tarea debe apuntar a liberarnos de esta prisión ampliando el círculo de nuestra compasión hasta llegar a abrazar a toda criatura viva y a toda la belleza de la naturaleza. Esto es algo de lo que nadie logra escapar completamente, pero esforzarse en conseguirlo es, en sí mismo, una parte de la liberación y el auténtico fundamento de la seguridad interna.

En las tradiciones y escuelas que promulgan una vía de trascendencia auténtica, transitando la cual sea posible disolver la limitada visión del ego y experimentar esa sensación de integración con “lo demás” – llámese satori, shamadi, iluminación, comunión, o cualquier otro sustantivo – el silencio juega un papel primordial. Al menos en una parte importante del tránsito.

Una senda de corazón, un camino auténtico requiere del aspirante una mirada interior que le permita verse y le muestre la verdadera realidad. Una mirada valiente más allá de sus automatismos, sus reacciones habituales, sus creencias, sus nudos psíquicos, sus semillas kármicas o cualquier otra cosa que le impida ver el aquí y ahora tal y como verdaderamente es, y no como su condicionada personalidad egoica imagina.

Ciertamente no es del interés de la mayoría de nosotros un compromiso firme y valiente con la idea de alcanzar la realización. Probablemente nos baste saber que un cierto grado de silencio y tener la posibilidad de visitar los espacios adecuados para disfrutarlo, nos puede acercar a un estado más conexo con la calma y el equilibrio. Buscarnos y brindarnos esas pequeñas pausas diarias preparará el terreno donde se haga posible desvelar nuestra verdadera naturaleza y poder desarrollar nuestro verdadero potencial como seres humanos.

Aquí te dejamos un audio de 15 minutos para que empieces desde casa. Apaga el teléfono, cierra los ojos y ponte cómodo.

¡Buen viaje!

Pd.-En un próximo post convocaremos dentro del proyecto loto blanco a encontrarnos para buscar el silencio en parajes naturales y tomar baños de bosque. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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