Tercero de los Yamas

Asteya es el tercero de los yamas o preceptos del yoga que los practicantes deben de contemplar. Significa no robar…. pero, como hemos ido viendo en anteriores posts, los yamas tienen diferentes lecturas y otras connotaciones con un impacto muy profundo y cargado de significancia para aquellos que decidan contemplar este precepto en su vida cotidiana.

Asteya habla de no apropiarse de nada que no nos pertenezca, ni siquiera pensar en hacerlo. La ausencia de codicia y la capacidad de resistir el deseo de tener cosas que nos son innecesarias. Coger sin permiso lo que no nos han prestado o usarlo por más tiempo del que nos lo han dejado e, incluso, utilizarlo para un fin distinto al que se nos entregó.

Quienes siguen este precepto abandonan todo abuso, actuando de forma integra y honesta en cualquier situación. Esta integridad nacida del cumplimiento de Asteya, lo impregna todo y contempla aspectos que suelen pasar desapercibidos del significado de no robar: El practicante comienza a plantearse si acaso no es robar el fomentar, disculpar o incluso obviar las desigualdades sociales, o los abusos económicos, o la explotación de los recursos de terceros con el fin del enriquecimiento o el mantenimiento del estatus de unos pocos. ¿Acaso no es una forma de robar el apoderarnos de lo que no es nuestro y condenar al ostracismo a países, estratos sociales o etnias?

Robar ha sido un delito tipificado en el sistema judicial y en la mayoría de tradiciones, pueblos y épocas de la historia. Un examen detallado nos podría llevar a la sorpresiva conclusión de que, no pocas veces, los mismos que promueven esas leyes que privan de la libertad y estigmatizan a los que roban (en gran medida personas de los estratos más bajos de la sociedad), son aquellos que ocultan formas “más limpias” de apropiarse de lo ajeno disfrazadas tras operaciones y arquitecturas financieras más o menos legales. Empresas establecidas en países sin derechos laborales, emporios internacionales que eluden el pago de los impuestos a los estados y por tanto a sus ciudadanos estableciéndose en paraísos fiscales, especuladores del terreno y los recursos naturales del planeta en el que todos vivimos, y así un largo etcétera de fórmulas de enriquecerse que son claramente deploradables por el más común de los mortales y sin embargo a las autoridades responsables de legislar no les acaban de parecer delictivas o no actúan en forma nítida y  contundente contra ellas.

Obviar la necesidad de cuidar del planeta y sus recursos para las generaciones venideras, ser un impedimento para que otros tengan lo que les corresponde, extinguir una vida, privar del derecho de las personas a profesar una religión, a tener una educación y a unas creencias propias o no ser agradecidos con quien nos ha hecho un bien son también formas de robar.

La observancia de este precepto nos sitúa en la esfera del “todos y no del nosotros”, nos permite cultivar la generosidad y la responsabilidad para con toda forma de vida y la naturaleza. A medida que esta nueva visión vaya enraizando en nosotros se hará evidente que lo que realmente nos hace felices está más cerca de la simpleza y de la actitud personal que de cualquier tipo de cosa o bien, que nuestra codicia y avaricia responden a un miedo basado en la creencia de que nos falta algo. Ese algo que perseguimos sin saber qué es y que pensamos que cuando lo tengamos todo encajará y por fin estaremos bien. Esa sed que nunca conseguimos apagar del todo. Esa inquietud existencial de la cual pretendemos evadirnos proyectándonos hacia el futuro o visitando una y otra vez el pasado.

Cuando confiamos en la vida y en la leyes de la abundancia, la correspondencia y el karma, toda esta zozobra se diluirá, dejando paso a una forma de vida honrada y honesta que consiste en actuar con integridad y contentarse con la justa retribución de la labor que se desempeñe. Cuando nos damos cuenta de que hasta el deseo de acabar con la ambición es en sí mismo ambición, podemos desarrollar el abandono y vivir plenamente el momento presente. Momento a momento. Habitar el instante en donde ni el temor, ni la ansiedad pueden enraizarse.

A quien observa Asteya en su vida cotidiana de forma firmemente establecida no le faltará nunca nada esencial, recibirá todo lo necesario para proseguir con su acción. Esta confianza en la providencia surge de la capacidad de gozar intensamente de lo que la vida nos da en cada momento, desentenderse de todo lo superfluo y enfocarse en la realización. Cuando nuestras necesidades básicas estan cubiertas, tomamos consciencia de que lo más importante de la vida no se puede comprar ni robar, y podremos sentirnos saciados y plenos con muy poco.

 

“Quien es digno de confianza porque no codicia lo que pertenece a otros tiene, naturalmente, la confianza de todos que lo comparten todo con él por muy preciosa que sea la cosa a compartir.”
Desikachar

……..Viendo como un niño bebía agua con las manos de una fuente: “este muchacho, dijo, me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”, y tiró su escudilla.

Diógenes. Biografía.

 

 

 

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