En los años 40, Charlotte Selver (1901-2003) introdujo en los Estados Unidos una práctica llamada Sensory Awareness. Ya en los años 20 y 30, en Berlín, ella había sido estudiante de los creadores de este trabajo: Elsa Gindler, originariamente una maestra de Harmonische Gymnastik, y Heinrich Jacoby, un innovador educador y musicólogo.
Sus tesis fueron fundamentales. En primer lugar, como seres humanos sanos, todos nacemos con las mismas posibilidades para la impresión y la expresión de lo percibido por nuestros sentidos. Segundo, si esas posibilidades no se desarrollan se debe a que han sido obstaculizadas por la manera en que hemos sido educados. Y por último, todos podemos crecer y cambiar en cualquier instante mediante la atención directa a lo que está sucediendo en nosotros en cada momento, mientras nos movemos, respiramos, e interactuamos con cualquier tarea que se nos presente.
Hasta enero de 2003, a pesar de sus deficiencias auditivas y visuales, Charlotte continuó dando cursos en los Estados Unidos, en Europa, y en México. Como sus maestros, Elsa Gindler y Heinrich Jacoby, Charlotte no dejó prácticamente nada escrito. En relación con el trabajo que ellos ofrecían, sus palabras más esclarecedoras fueron respuestas espontáneas a situaciones de los cursos, a las acciones y preguntas de sus alumnos. Es únicamente en la transcripción de sus cursos a lo largo de los años, donde uno puede encontrar palabras cercanas a la esencia de este trabajo, básicamente experiencial.
La práctica del Sensory Awareness, Sensing, o Consciencia Sensorial, conlleva acercarnos lo suficiente a un grado de calma interior que nos permita ser conscientes de lo que llega a nosotros en cada momento a través de nuestros sentidos. El momento presente, ese instante en el que todas las cosas suceden, encierra un tesoro de plenitud que tal vez sólo hemos experimentado en algunas circunstancias excepcionales. Percibir conscientemente cada sensación de nuestro cuerpo, cada experiencia de nuestros sentidos, interrumpe (aunque sea brevemente) ese diálogo interno que es la constante actividad de la mente.
Cualquier acción puede realizarse con la atención puesta en el cuerpo, en los movimientos que realizamos, en la respiración, en las sensaciones, y en la gran cantidad de información sensorial que nos llega a través de los sentidos y que habitualmente pasamos por alto, por considerarla intrascendente, irrelevante…
Este instante, el momento presente, es el único que tiene existencia real, el único que contiene vida. El pasado y el futuro son conceptos abstractos que no pueden experimentarse.
La conciencia sensorial es algo completamente natural en el ser humano, o al menos debería serlo. Todos nacemos con nuestros sentidos y, en el transcurso de nuestra evolución desde la primera infancia, los estamos ejercitando sin tener ninguna instrucción especial en referencia a ellos. A través de todas las exploraciones y las cosas que el bebé y el niño pequeño encuentran, estos sentidos evolucionan por sí mismos. Sería maravilloso si esto pudiera continuar así, pero demasiado a menudo en nuestro desarrollo intervienen determinadas influencias que hacen que la completa evolución de nuestra percepción sensorial sea imposible. La vista y el oído son sentidos que han sido extremadamente desarrollados, mientras que los que tienen que ver con una proximidad física real y un uso desinhibido de todas nuestras posibilidades sensoriales (tacto, sabor, olor, y el sentido kinestésico), están a menudo muy frenados. De manera que nos encontramos ante el hecho de que la mayoría de adultos ya no usan sus sentidos de manera libre y completa.
Para poder hacer un uso más pleno de nuestros sentidos, el organismo tiene que estar en un estado de equilibrio, en un estado de calma. Y al mismo tiempo, en estado de reactividad. De forma que son necesarias dos cosas que parecen contradictorias: una es el estado de calma necesario para que las impresiones puedan alcanzarnos; la otra es el estado de vitalidad necesario para permitir la reactividad que esas impresiones provocan.
Ahora bien, sucede que en nuestra educación hemos sido constantemente reprendidos. “¡Estate atento!” “¡Escucha lo que te estoy diciendo! “¡Mírame cuando te hablo!” “¡Concéntrate!” “¡Haz un esfuerzo!” etc. Todas esas exigencias nos han conducido a una actitud que es muy distinta a la de un estado sano y natural de reactividad sensorial. Cada vez más el niño tiende a creer que tiene que hacer algo para poder ver, para poder oír, oler, sentir o saborear. Esta tendencia a tener que realizar esfuerzos, incluso pequeños, perturba enormemente la posibilidad real de percibir la totalidad del sonido, visión, o lo que sea que llegue a través de nuestros sentidos. Al mismo tiempo nos conduce a un estado de esfuerzo constante, un esfuerzo que es completamente innecesario.

Enric Bruguera Martí.

Miembro del Sensory Awareness Leaders Guild.

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